Mentira no es ausencia de verdad, ni verdad es ausencia de mentira. Nada es completamente una mentira, todo es una sola verdad.
Nos hemos confundido al igualar a la razón con la verdad; verdad de la que nos sentimos orgullosos como si se tratara de una obra del ser humano cuando lo único que hemos hecho es definirla como un asunto de conformidad ante las cosas. Y en honor a ésta, construimos la mentira, una contagiosa creación personal que se convierte en algo colectivo palabra tras palabra, que cuanto más presente, más difícil de encontrar, tanto que parece verdad.
Esa mentira muy bien narrada en tu cabeza a la que llamas “la verdad”, que te azota el pensamiento con su látigo cada vez que intentas reflexionar, que construye palabras en tu propia mente, las pone en tu boca y las lanza a otros oídos mientras te escuchas y sientes que algo no encaja. Es así la mentira, una copia borrosa de la verdad, el lado oscuro de la razón, un intento fallido del ser humano es aras de construir su propia verdad. Una realidad paralela y también perpendicular, un trozo genuino de creatividad pura que terminó por rebasarnos.
Ahora la mentira se nos ha escapado, se nos ha ido de las manos y está por el aire, esperando que levantemos en nuestras mentes un fuerte de enormes muros y largos cañones apuntando hacia cualquier espacio lucido de realidad; el lugar ideal para disfrazarse como verdad. Se miró a sí misma y se ha dado cuenta que puede tomar cualquier forma, que puede también crear así como nosotros la hemos creado. Y ahora todo es verdad, incluso la mentira. Ésta dejó de ser un invento, algo que no existe: la mentira ya es real.
Espera paciente su turno, sabe que por sí sola no desaparecerá, sabe que la verdad jamás se tomará la molestia de buscar. Ha aprendido a valerse por sí misma y nosotros hemos aprendido encima de ella a jinetear. Son muy pocos ya los que caminan los caminos, tan pocos que, según el resto, sólo los puede abrazar la locura o la genialidad, pero donde nada es normal nada puede estar mal.
No existen todas las piezas pero si la tarea de armar el rompecabezas. Nos hemos ocupado y no sabemos para qué, y muchas veces, ni siquiera en qué.
Hemos sido fieles espectadores al ver cómo han llegado montados sobre bestiales mentiras perfectas los jueces del hombre justo y lo han satirizado, y cómo al sátiro lo han justificado. Todo lo hemos visto, y aún así, hemos seguido las huellas de la bestia y no las del hombre justo, hemos aprendido a hacer todo pero jamás hemos aprendido una lección… hemos remendado a la mentira con redención: ¡oh mentira confesa, sustituta de la verdad, por ti me colgaron una medalla, porque la verdad destruye mentiras, pero las mentiras sólo se acumulan encima de la verdad!
Rellenamos los vacios existenciales con clasificaciones y reglas generales, expandimos por el suelo lo poco que hemos hecho para que parezca que el lago está lleno, porque con números es como justificamos nuestra existencia. Para todo queremos usar números dejando de lado la sensibilidad, todo lo queremos medir y nos parece natural hacerlo, pero medir es más a consecuencia de una manía del ser humano que una necesidad en la naturaleza. Ni los peces ni las flores saben de números y para crecer, realmente crecer, sólo les basta con fluir y dejarse estar. El humano es desnaturalizado por decisión propia y creyente de que la razón es una ventaja sobre el resto de los seres vivos, no se cansa de transformar, etiquetar y vender a los cuatro elementos mientras habla de la naturaleza como algo ajeno cuando no lo es.
Pero en esta dualidad mentira – verdad ha errado la empresa. Hemos dado la vuelta como una pagina a la fantasmal simetría que creamos como referencia y estamos de nuevo mirando un espacio vacio que rellenar.
Habrá que aprender entonces que una buena mentira no es aquella “mentira piadosa”, sino todo lo contrario, es letal. Y una mala mentira no es aquella que causa daño, sino aquella que no parece verdad, aquella que no funge como tal, carente de un buen disfraz. Pero la verdad también tiene carencias, no es inventiva y no tiene imaginación, pero no las necesita, la mentira si. Es por eso que pierden su tiempo los parlanchines defensores de la verdad, porque no son palabras sino cosas que nos suceden lo que debemos entender como verdad; la defienden como un mentiroso defiende su mentira, pero la verdad no lo necesita, la mentira si.
No basta ya con la tertulia, no basta con ser sólo conscientes del entorno, porque no es sólo un hombre consciente lo que se necesita para crear verdad, sino también un hombre hacedor. No hablo de dejar de hablar, ni de dejar de pensar, no hablo de dejar de escudriñar. Hablo de rebasar el estado pasivo en el que se ha convertido la conciencia -el ser consciente- y comenzar a crear, a hacer. Basta ya de creernos sabedores y poseedores de la verdad absoluta, eso nos convertiría en todopoderosos, y a la vez en idiotas.
La arrogancia nos cubre del frio en invierno mientras que el odio nos refresca en el verano. Vamos en grupo a todos lados y nos hemos acostumbrado a vivir así, como una gran masa amorfa que rara vez pone de acuerdo a sus partes y se coordina para dar un paso firme, sólo va por ahí arrastrándose, sobrellevando la existencia para no perder la costumbre de seguir habitando este sitio. Por esto es que cualquier afirmación colectiva que alcanza mayorías, por más insana que esta sea, se convierte en una verdad para el resto.
Despierta de una vez de ese falso sueño en el que manos extrañas mueven tus ideas cual títeres; corta los hilos, sácalas de ese letargo, despréndelas de esa masa. No es más malo el que miente que el que sabe y la boca se detiene, así que deja de presumir al espejo tu grado de conciencia y conviértete en un hacedor. Forja un camino firme y ríete a la par con los que te llamen loco. Porque así como los locos de ayer que volteando a las estrellas convirtieron a la tierra plana en una esfera, tú puedes voltear ahora a tu interior y bañar de curiosa locura el ruido de cualquier quimera.
Respeta el orden natural y entiende de una vez que la noche no necesita luz, la necesitas tú. Aléjate de ese mundo donde nada tiene valor y todo tiene un precio, donde lo que más hay es lo que menos importa y lo que menos hay es lo que más cuesta. Ese mundo en el que trabajar se convierte en un asunto de ganar dinero y perder el tiempo, donde todos toman poses de acuerdo a cómo creen que se les ve desde afuera, no a raíz de cómo se sienten más cómodos desde dentro de su ser.
Qué importa si te conviertes en alguien lejano, qué importa si no llevas una brújula en mano. Cuando el aquí y ahora dejen de formar parte de un forzado plan que calculaste en el pasado, entonces estarás viviendo el presente, viviendo tu vida y no la de la gran masa. Y cuando llegue el momento de hacer, procura estar siempre parado en un lugar donde puedas ver sobre la mentira y debajo de la verdad, no importa que no compartas ni una ni otra, eso se resolverá sobre la marcha, si es que se necesita alguna respuesta.
Antonio Ayala-Olivares
